DE TENERLO EN LAS MANOS… A VOLVER A HACER EL RIDÍCULO

Hay derrotas que duelen… y hay derrotas que retratan lo que realmente es un equipo.
La de Rayados contra Cruz Azul en la ida de los octavos de la CONCACAF Champions Cup pertenece a la segunda categoría.
Porque Monterrey tenía el partido donde quería. Lo ganaba con autoridad, con un doblete de Roberto de la Rosa al 35’ y 40’. Un primer tiempo que parecía marcar el camino: orden, contundencia y la sensación de que el equipo, incluso con bajas, estaba cumpliendo.
Pero este equipo tiene una extraña habilidad para convertir la tranquilidad en tragedia.
Y otra vez pasó.
Cuando el reloj caminaba hacia el final, apareció el momento que cambia todo: la salida desesperada de Santiago Mele al minuto 80. Penal, segunda amarilla y expulsión. En segundos, Rayados pasó de controlar el partido… a quedar completamente expuesto.
Sin cambios disponibles, Stefan Medina tuvo que ponerse los guantes. Sí, un defensor en la portería en un partido de eliminación internacional.
Lo que vino después fue la consecuencia lógica del caos.
Primero Gonzalo Piovi desde el punto penal al 84’.
Y cuando Monterrey todavía intentaba entender lo que estaba pasando, apareció Nicolás Ibáñez al 90’ para completar la remontada de Cruz Azul.
3-2.
Una historia que en Monterrey ya parece repetirse demasiado.
Porque más allá del marcador, lo preocupante no es perder… lo preocupante es cómo se pierde. Rayados no cayó por superioridad del rival. Cayó por errores propios, por decisiones inexplicables y por esa fragilidad mental que aparece en los momentos más importantes.
Y aquí es donde llega la pregunta incómoda.
¿Cuántas veces hemos visto exactamente la misma película en los últimos años con C.F. Monterrey?
Partidos controlados… que terminan convertidos en tragedia.
El problema ya no es futbolístico.
Es de carácter.
Es de identidad.
Es de un equipo que, cuando la presión sube, parece perder la cabeza.
La eliminatoria aún no está terminada, pero el golpe es fuerte. No solo en el marcador… también en la confianza de una afición que empieza a sentir que cada torneo termina en el mismo lugar: frustración.
Porque la realidad es dura.
Un club con esta plantilla, con este estadio y con esta inversión no puede vivir acumulando noches vergonzosas.
Y por eso la pregunta queda en el aire, incómoda pero necesaria:
¿Rayados realmente tiene mentalidad para competir en los momentos grandes… o seguimos viviendo del recuerdo de lo que alguna vez fue este equipo?
