Rayados: un gigante sin alma que se derrite en los partidos grandes

El Monterrey volvió a dejar dudas… y esta vez, no hay pretextos. Cayó 2-0 ante Cruz Azul en la CDMX, un escenario que históricamente se le indigesta, pero lo verdaderamente preocupante no fue el resultado: fue la forma.
Óliver Torres se fue expulsado al minuto 24 por una entrada innecesaria, impropia de un jugador con experiencia. Correcta la roja, pero equivocada la decisión de Domènec Torrent al alinearlo. Rayados perdió el control del mediocampo y, con ello, el rumbo del partido.
Este equipo tiene talento, inversión y plantel para competirle a cualquiera, pero cuando el rival es de jerarquía, el carácter desaparece.
Contra equipos de menor nivel, juega cómodo; cuando se enfrenta a uno de su talla, se apaga. Y ese es el gran problema de Monterrey: no compite por instinto, compite por obligación.
El Clásico Regio está a la vuelta de la esquina y el panorama no pinta bien.
El equipo llega sin convicción, sin alegría y sin confianza, mientras Tigres llega embalado y con líderes que sí sostienen la presión.
¿Es culpa del técnico? ¿De la falta de liderazgo dentro del vestidor? ¿O simplemente de un club que ha confundido nombres con identidad?
Porque los Rayados, con todo lo que presumen, siguen pareciendo un equipo que gana los ganables, pero se esconde en las noches que definen grandeza.
Y en una ciudad que respira futbol, eso no se perdona. El sábado, más que tres puntos, Monterrey se juega el respeto. Y ese, a diferencia del dinero o las figuras, no se compra… se demuestra.
